¿Qué hay detrás del montaje de "Susurros, Bulla y Paradojas. Tentativas para una política de la enunciación"?

Cuando el Santa Mònica no está exponiendo, el espacio no se detiene: susurra, se transforma. Susurros, bulla y paradojas. Tentativas para una política de la enunciación es una exposición que se construye justo en ese intervalo, en el tiempo intermedio, o más bien en el espacio de las cuestiones y no tanto de las respuestas. 

Más allá de todo lo que el proyecto nos invita a pensar, al observar el archivo fotográfico del montaje durante las tres semanas previas a la inauguración, la exposición se revela no solo como lo que vemos en el horario de visita y a lo largo del periodo expositivo, sino también como todo lo que la precede y la sostiene, en sus rastros e insinuaciones.

Llegar a una inauguración a menudo nos hace pensar que la exposición que veremos apenas comienza en el mismo momento de abrirse. Pero en esta entrada queremos hacer hincapié en lo que hace posible llegar a este instante y que habitualmente queda oculto en los procesos expositivos: el montaje, la suciedad, las herramientas, los tiempos y las coreografías del trabajo colectivo, porque mostrarlos es convertirlos también en materia y discurso de la muestra.

Las obras que confluyen no nacen aquí por primera vez: son piezas ya producidas, con biografías propias, que llegan al Santa Mònica cargadas de historias, contextos, enunciaciones y luchas; sin embargo, su entrada en el espacio expositivo no es un simple traslado: es un proceso nuevo.

Las coordinadoras curatoriales han apostado por dar tiempo y margen a las artistas para que puedan rehacer, recolocar y readaptar las piezas a la arquitectura concreta del centro, en la que cada obra vuelve a pasar por el taller, aunque aquí el taller sea el propio Santa Mònica.

Durante las semanas de montaje, lo que domina no es la imagen pulida de la sala acabada asociada a la pulcritud del museo, sino el bullicio: trapos llenos de polvo, cables enrollados, escaleras por doquier, visitas puntuales de artistas que vuelven para ajustar una altura, reescribir un texto o retocar una imagen que acompaña a su obra. En este “mientras tanto”, el montaje se revela como una coreografía extendida, en la que participan muchas más personas que las que firman las obras: técnicas, montadoras, mediadoras, traductoras, personal de mantenimiento y limpieza. El supuesto “cubo blanco” se muestra entonces en su condición real: un espacio con grietas, manchas, restos de cintas adhesivas con indicaciones y agujeros de otras exposiciones.

En este contexto, las herramientas de montaje no son meros instrumentos previos a la inauguración, sino que forman parte del rastro material de la exposición. Algunas llegan a ocupar el espacio expositivo durante días, otras dejan señales de que permanecen una vez han desaparecido. Podríamos pensarlas como extensiones de las mismas obras, como prótesis que han hecho posible su aparición en este sitio y en este momento.

También está todo lo que no se ve detrás de las piezas: las estructuras que sostienen una pantalla, los soportes de las prendas textiles que cuelgan, el cable recogido detrás de cada instalación, la configuración del software de las obras interactivas... Allí donde el relato expositivo suele presentar la pieza como un objeto autónomo y autosuficiente, señalar sus bastidores resulta crucial en el caso de Susurros, bulla y paradojas. Tentativas para una política de la enunciación, puesto que son los marcos físicos y simbólicos que permiten que un relato, un cuerpo o una imagen lleguen a enunciarse.

Esto se hace especialmente evidente en el caso de las obras audiovisuales. Muchas de las piezas son televisores, proyectores, pantallas: cuando están apagados, ¿existen? ¿Qué significa estar presente en una exposición si la imagen no circula, si el sonido no resuena? Estas piezas desactivadas recuerdan que todo dispositivo de enunciación necesita energía, mantenimiento, atención y cuidado. 

Cuando entremos a las salas, quizás ya no encontraremos la escalera ni el taladro, ni los vasos medio vacíos de las técnicas de montaje, ni las pantallas apagadas. Pero, si prestamos atención, quedarán vestigios. Esta exposición en construcción nos recuerda que toda política de la enunciación pasa también por hacer visibles —o, como mínimo, pensables— el tejido de prácticas, cuerpos y tiempos que permiten que estas otras narrativas ocupen el centro del espacio expositivo.